¿Era el 18? ¿Era el 19? No recuerdo bien. Era por la mañana; media mañana o antes, tal vez. Lo que sí recuerdo es que en la casa se hablaba como andando a gatas. Yo pregunté:
- ¿Qué han matado a quién?
Pero nadie había matado a nadie especialmente aquel día, me dijeron. Aún no. Tampoco nadie nos explicaba nada. Pero había un silencio espeso y miradas oblicuas y un quién sabe qué.
No recuerdo bien las caras de los mayores. Estaban todos como en un globo, muy arriba, y aunque uno se empinara poco se podía ver. Nos dijeron, severos y prácticos, que la calle estaba vedada para los niños hoy. Supongo que esta prohibición explícita fue lo peor. Salí a hurtadillas y, con prohibición y todo, nadie lo advirtió. La calle estaba desierta. Y el parque vecino también. Una calle desierto es todo lo que necesita un niño para andar. Anduve mirando a los portales y ventanas. No era sólo que no viera a nadie; era como si alguien -ignoro quién- a quien debiera ver no estuviese.
Y seguí andando para buscarlo en la calle desierta. Llegué al cruce y allí me quedé quieto. Los soldados bajaban desplegados en hilera de tres; dos hileras por las dos aceras y otra en el centro. Tres. Llevaban los fusiles en la mano, bajos, con la bayoneta en el cañón. Bajaban la calle muy despacio. Delante iba un oficial -¿un comandante?, ¿un capitán?- con la pistola en la mano. Miraba hacia arriba, hacia los balcones, hacia los tejados. También miraba alrededor.
Volví y nada conté. En el recuerdo quedó, casi sin tiempo, esta imagen perdida. Era un momento histórico. Sí, de la historia que está hecha de trapo y sangre, como supe después.
José Ángel Valente, Hoy, en Viviana Paletta y Javier Sáez de Ibarra (sel.), Cuentos históricos de la piedra al átomo, Madrid, Páginas de espuma, 2003.

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