Este blog debe su nombre al historiador italiano Carlo Ginzburg. De él tomé esa estupenda imagen que resume la alianza entre el hilo, símbolo de la configuración de la trama de todo relato, y las huellas, representación de nuestro estar en el mundo. ¿Qué otra cosa es la Historia que esa conjunción entre el andar dejando huellas de los hombres y la urdimbre de una trama para dar cuenta de ese caminar? Precisamente por eso, porque los historiadores somos buscadores de huellas y tejedores de tramas, creé este blog para encontrar las huellas de la Historia en las tramas que teje el arte.
Para los que lo conocen y los que no, acá va Ginzburg reflexionando sobre el hacer del historiador:
"Los griegos cuentan que Teseo recibió, como regalo de Ariadna, un hilo. Con ese hilo se orientó en el laberinto, encontró al Minotauro y le dio muerte. De las huellas que Teseo dejó al vagar por el laberinto, el mito no habla.
Lo que mantiene unidos los capítulos de este libro, dedicados a temas muy heterogéneos, es la relación ente el hilo -el hilo del relato, que nos ayuda a orientarnos en el laberinto de la realidad- y las huellas. Hace mucho tiempo que trabajo de historiador: intento relatar, valiéndome de huellas, historias verdaderas (que algunas veces tienen por objeto lo falso). En nuestros días, ninguno de los términos de esta definición (relatar, huellas, historia, verdadero, falso) me parece indiscutible. Cuando empecé a aprender este oficio, hacia finales de los años cincuenta, la actitud prevalente en la corporación era completamente distinta. escribir, contar la historia, no era considerado un tema de reflexión serio. [...] Durante la segunda mitad de los años sesenta, el clima comenzó a cambiar. Después de algún tiempo, llegó el clamoroso anuncio: los historiadores escriben. Creo haber permanecido, en un primer momento, indiferente a las implicaciones hiperconstructivistas -en efecto, escépticas- de esa revelación. Percibo una evidencia de ello en un tramo del ensayo 'Spie' (1979), que sin aludir a eventuales objeciones escépticas se detiene en el nexo entre desciframiento de las huellas y narración. El giro para mí recién se produjo cuando, gracias a un ensayo de Arnaldo Momigiliano, noté las implicaciones morales y políticas, además de cognitivas, de la tesis que en esencia borraba la distinción entre relatos históricos y relatos de ficción. El posfacio (1984) que escribí para la traducción al italiano de El regreso de Martin Guerre, de Natalie Davis, registra esta conciencia: tardía, al fin de cuentas.
Quien así lo desee puede empezar este libro por esas páginas. Allí encontrará, delineado de modo sumario, un programa de investigación y su objetivo polémico. [...] Contra la tendencia del escepticismo posmoderno a difuminar la frontera entre narraciones de ficción y narraciones históricas, en nombre del elemento constructivo que las pone en pie de igualdad, proponía considerar el vínculo entre unas y otras como una disputa por la representación de la realidad. Pero antes que una guerra de trincheras, planteaba la hipótesis de un conflicto hecho de desafíos, préstamos recíprocos, hibridaciones. Si las cosas se presentaban en esos términos, no se podía combatir el neoescepticismo mediante la repetición de viejas certidumbres. Hacía falta aprender del enemigo para pelear con él de manera más eficaz.
Son estas las hipótesis que guiaron, a lo largo de veinte años, las investigaciones que confluyen en este libro. El significado del desafío lanzado por las 'malas cosas nuevas', como decía Bertolt Brecht, tanto como la elección del campo en el cual hacerle frente fueron esclareciéndose sólo paulatinamente en mí. Hoy en día, los posmodernistas parecen menos estrepitosos, menos seguros de sí; acaso el viento de la moda ya sople en otras direcciones. No importa. Las dificultades surgidas de esa discusión y los intentos de resolverlas subsisten.
El ataque escéptico a la cientificidad de los relatos históricos insistió en el carácter subjetivo de estos últimos, que los asimilaría a las narraciones de ficción. Las narraciones históricas no nos hablarían de la realidad tanto como, antes bien, de quien las construyó. Inútil objetar que un elemento constructivo está presente en cierta medida también en las cienciasllamadas 'duras': ellas fueron igualmente objeto de una crítica análoga a la ya recordada. Hablemos, en cambio, de la historiografía. Que esta tiene un componente subjetivo es sabido: pero las conclusiones radicales que los escépticos derivaron de ese dato de hecho no tenían en cuenta un cambio de rumbo fundamental al cual Bloch se refirió en sus reflexiones metodológicas póstumas: 'Hoy... [1942-1943], hasta en los testimonios más decididamente voluntarios -escribía Bloch-, lo que nos dice el texto ha dejado expresamente de ser el objeto preferido de nuestra atención.' Las Mémoires de Saint-Simon o las vidas de los santos de la Alta Edad Media nos interesan (prosigue Bloch) no tanto por sus referencias a datos de hecho, a menudo inventados, cuanto por la luz que echan acerca de la mentalidad de quien escribió esos textos. 'En nuestra inevitable subordinación al pasado, condenados, como lo estamos, a conocerlo únicamente por sus huellas, por lo menos hemos conseguido saber mucho más acerca de él que lo que tuvo a bien dejarnos dicho.' Y concluía: 'bien mirado, es un gran desqueite de la inteligencia sobre los hechos'. En otro tramo de Apología para la historia o el oficio del historiador, Bloch replicaba a las dudas de quienes lamentaban la imposibilidad de corroborar determinados acontecimientos históricos: por ejemplo, las circunstancias en que se dispararon los tiros de fusil que habrían desencadenado la revolución de 1848 en París. Se trata -observaba Bloch- de un escepticismo que no roza aquello que está por debajo del acontecimiento; esto es, las mentalidades , las técnicas, la sociedad, la economía: 'Lo que hay en la historia de más profundo podría ser también lo que hay de más seguro'. En contra del escepticismo positivista que ponía en duda la fiabilidad de tal o cual documento, Bloch hacía valer, por un lado, los testimonios involucrados; por el otro, la posibilidad del aislar dentro de esos testimonios voluntarios un núcleo involuntario, y por ende, más profundo.
Para contrarrestar el escepticismo radicalmente antipositivista que ataca la referencialidad de los textos en cuanto tales, puede usarse una argumentación en ciertos aspectos análoga a la recordada por Bloch. Si se indaga en el interior de los textos, a contrapelo de las intenciones de quien los produjo, pueden sacarse a la luz voces no controladas: por ejemplo, las de las mujeres o de los hombres que en los procesos por brujería, de hecho se apartaban de los estereotipos sugeridos por los jueces. En los romances medievales pueden detectarse testimonios históricos involuntarios acerca de usos y costumbres, si dentro de la ficción se aíslan fragmentos de verdad: un descubrimiento que hoy nos parece banal, pero que sonaba paradójico en París cuando, hacia mediados del siglo XVI, se formuló explícitamente por primera vez. [...] En esta senda encontramos, tres siglos más tarde, a un gran estudioso (Erich Auerbach) que analiza fragmentos de Voltaire y de Stendhal, leyendo las Lettres philosophiques y Le Rouge et le Noir no como documentos históricos sino como textos impregnados de historia. [...] La ficción, alimentada por la historia, se vuelve materia de reflexión histórica, o bien de ficción, y así sucesivamente. Ese entramado imprevisible puede estrecharse en un nudo, un nombre.
Leer los testimonios históricos a contrapelo -como sugería Walter Benjamin-, en contra de las intenciones de quien los produjo -aunque, desde luego, esas intenciones deben tenerse en cuenta-, significa suponer que cada texto incluye elementos no controlados. Eso vale también para los textos literarios que quieren constituirse como realidades autónomas. También en ellos se insinúa algo opaco, a comparable a las percepciones que la mirada registra sin comprender, como el ojo impasible de la cámara fotográfica [...] Estas zonas opacas son algunas de las huellas que un texto (todo texto) deja detrás de sí. [...]
Realizar un inventario de las formas adoptadas por la ficción al servicio de la verdad sería una tarea obviamente imposible. [...]
De la selva de las relaciones entre ficción y verdad hemos visto despuntar un tercer término: lo falso, lo no auténtico. Lo ficticio que se hace pasar por verdadero. Es tema que causa incomodidad a los escépticos, porque presupone la realidad: esa realidad externa que ni siquiera las comillas logran exorcizar. Por supuesto, después de Marc Bloch (Les rois taumathurges) y Georgfes Lefebvre (Le grande peur de 1789) nadie pensará que sea inútil estudiar leyendas falsas, acontecimientos falsos, documentos falsos. Al respecto, en torno a los tan reputados Protocolos antisemitas, nada tengo que agregar. Me limitaré a leer a la par los falsos Protocolos y su principal fuente, el diálogo imaginario de Maurice Joly. De ese cotejo afloran, además de mucha pésima cosa vieja, y también algunas 'malas cosas nuevas': verdades desagradables sobre las cuales vale la pena reflexionar.
Los historiadores -escribió Aristóteles en Poética, 51b- hablan de aquello que ha sido (lo verdadero); los poetas, de aquello que podría haber sido (lo posible). Pero desde luego, lo verdadero es un punto de llegada, no un punto de partida. Los historiadores (y de un modo distinto, los poetas) hacen por oficio algo propio de la vida de todos: desenredar el entramado de lo verdadero, lo falso y lo ficticio que es la urdimbre de nuestro estar en el mundo."
Carlo Ginzburg, introducción a El hilo y las huellas. Lo verdadero, lo falso, lo ficticio, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2010.
A propósito del papel de Internet y del hipertexto en la sociedad actual, bien vale conocer esta conferencia dictada por Ginzburg en la Universidad federal de Río Grande de Soul, Brasil, en 2010. Particularmente interesante su análisis de Internet como instrumento que cumple una doble función en relación con la Historia. Según este historiador, Internet puede actuar en algunos casos como creadora del pasado y, en otros, producir la cancelación del pasado, lo que significa la negación de la historia.
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